La Factura de Crédito Electrónica (FCE) es un comprobante pensado para las operaciones a crédito entre empresas. Nació con el régimen MiPyME para que las pequeñas y medianas empresas cobren en fecha y puedan, si lo necesitan, financiarse con esa factura. Si le vendés a empresas grandes y todavía no la usás, esta es la guía corta para entenderla.
Es una factura electrónica común (A, B o C) pero con un circuito extra: una vez emitida, el cliente la acepta o la rechaza dentro de un plazo, y a partir de ahí se convierte en un título de crédito. Eso significa que el proveedor MiPyME puede negociarla, descontarla en un banco o en el mercado de capitales, y cobrar antes del vencimiento sin depender de la buena voluntad del comprador.
En general, una MiPyME debe emitir FCE cuando le factura a una empresa grande y el monto de la operación supera el mínimo que fija ARCA (un valor que se actualiza periódicamente). Entre MiPyMEs el régimen es opcional. La obligación nace del tipo de cliente y del importe, no del rubro: si tu comprador es una gran empresa por encima del umbral, corresponde FCE en lugar de la factura tradicional.
Emitida la FCE, el comprador tiene un plazo —en días corridos, que ARCA fija y puede modificar por resolución— para aceptarla o rechazarla. Si no la rechaza ni la observa dentro de ese plazo, queda aceptada de forma tácita: se la considera firme aunque el cliente no haya hecho nada. Por eso es clave tener a mano el plazo vigente y no perder de vista las fechas: una FCE aceptada es exigible y negociable; una rechazada hay que corregirla y volver a emitir.
Una vez firme, podés esperar al vencimiento para cobrarla, o transferirla a un Agente de Depósito Colectivo para negociarla y adelantar el cobro. Para tu contabilidad, la FCE impacta en el IVA igual que cualquier factura del mismo tipo; lo que cambia es el circuito de aceptación y la posibilidad de financiarte con ella.
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