El stock es plata parada en una góndola o en un depósito. Si tenés de más, inmovilizás capital; si tenés de menos, perdés ventas y clientes. El control de stock no es contar cajas una vez al año: es saber, en cualquier momento, qué tenés, qué se está por agotar y cuánto reponer. Estas son las bases para un comercio.
El primer problema es la diferencia entre lo que creés que tenés y lo que hay en el estante. Esa diferencia aparece cuando las ventas y las compras no descuentan ni suman stock automáticamente. La base de todo control es que cada movimiento —una venta, una compra, un ajuste— actualice la existencia sin que nadie lo anote a mano.
Para cada producto conviene definir un stock mínimo: el nivel en el que ya tenés que reponer para no quedarte sin mercadería antes de que llegue el próximo pedido. Cuando un artículo toca ese mínimo, el sistema debería avisarte solo. Así no te enterás de que te quedaste sin el producto que más vendés cuando el cliente ya está en el mostrador.
La clave de un control que no da trabajo es que el stock viva conectado a la operación: emitís una factura y la existencia baja; registrás una compra al proveedor y sube. Sin ese vínculo, el inventario queda siempre desactualizado y volvés a contar a mano.
Aun con todo automatizado, conviene un conteo físico periódico para detectar roturas, pérdidas o errores de carga. La diferencia es que, si el sistema viene bien, ese conteo confirma números en lugar de reconstruirlos desde cero —de un día entero pasa a un rato.
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